Areky

Cuentos (By Areky)

En las tierras de un señor oscuro, aquel guerrero huía sin dirección. Con su espada desenvainada, avanzaba entre rocas, saltaba sobre raíces, lo que fuera necesario para ir más rápido. Cinco caballeros oscuros cabalgaban frenéticos tras él. Los famosos y terroríficos yelmos con forma de cabeza de hidra, sus armaduras de placas negras, las carabelas entre espinas talladas con cuidado sobre los petos; pero sin duda tenerlos detrás era peor que cualquier historia escuchada en un bar. Desde el decadente castillo del desfiladero, constantes gritos de rabia se perdían en la niebla. — ¡Traidora! Esta va a ser la última vez que aceptas la espada de otro caballero ¡Encuéntrenlo y rómpanle la espada! Cubierto de sombras aurales, el castillo temblaba ante la ira de su señor. — Eres tú la única dama ante la que desenvaino mi espada, ¡¿cómo te atreves a aceptar el arma de otro?! Con una corona de cuero adornada por perlas negras, un delgado hombre se levantó de su trono. Aunque parecía estar hecho huesos quemados, cada manotazo de su dueño generaba agudos ecos metálicos. — Baal, amor de mi vida, no te pongas así. Si acepté la espada de ese caballero fue para demostrarme qué tan bueno eras tú mismo. Mi lord, nadie se te compara. Una belleza sin precedentes estaba arrodillada a los pies de Lord Baal. Con su teatral voz trataba de fingir la obvia fatiga de la que sufría. La exuberante mujer se apoyó en los pies de su esposo. Rozando los largos hilos en los que terminaba la túnica de su señor, apuntó con los ojos a las rucarias* que traía bordada a la altura del pecho. *flor de los cementerios — ¿Dices que mi espada es la mejor? — preguntó con voz casi de ultratumba. Usando su rasgado vestido de seda, la mujer se secó un poco el sudor que le corría por todo el cuerpo. Hizo desaparecer la sibilancia de sus extenuados pulmones entre pequeños golpes de tos. — Claro mi señor. Tu estoque fino, punzante y vertiginoso es inigualable. No hay caballero que compita contra la fiereza con que lo usas. — ¿Estoque? Una vez dijiste que preferías las largas lanzas o las gruesas mazas de batalla. No mientas mujerzuela. La mujer se le pegó más. Empezó a escalarle por las piernas. — Hoy descubrí que no hay nada mejor que una espada, si se sabe como usarla  — susurró con voz pomposa: — Muéstreme las artes de un verdadero espadachín. Pero, antes de subir un centímetro más, cayó al suelo sin fuerza. Lord Baal gritó con ira. No solo el castillo, todo el bosque oscuro que lo rodeaba vibró. Con dos tinas de leche al hombro, una moza bajaba de la montaña. Ante su vista ya estaba la vieja aldea de “Los Scramasax”. Era el único pueblo habitado de toda la región. Desde la espalda, algo la empujó. ¡¿Un demonio?! Mientras rodaba envuelta con aquella criatura cuesta abajo, rogó para tener una muerte rápida. Siempre sobraban los rumores de demonios consumiendo la carne de sus víctimas aún vivas. Todo movimiento cesó. Había llegado por fin a la llanura al final de la cuesta. Sin notar más dolor que el de los golpecillos que había ganado en la caída, la mujer abrió los ojos lo más lento que pudo. Lo que fuese que la hubiera derribado, ahora permanecía inerte. Su vista aún estaba un poco difusa ante tantas volteretas, pero algo era seguro, aquel ser no era un demonio. La piel la tenía muy blanca. Tampoco era ninguna clase de bestia, pues no tenía tanto pelo. Cuando pudo ver mejor, la moza tocó algo largo. Al tacto era tibio y duro, como alguna clase de metal prendido. Al fin los ojos se le aclararon. Aquello que tenía adelante era un hombre. Uno sin nada de ropa por cierto y con la mayor espada que hubiera visto jamás desenfundada. Pasó un buen rato, el hombre comenzó a abrir los ojos. Estaba en una cama de paja. Al enfocarse en su cuerpo, solo vestía una camisa y un pantalón de tela ligera. Asombrado, se puso de pie. Ante él, una moza de cualidades propias inmejorables se levantó del suelo. — ¿Quién eres guerrero? — ¿Quién ha dicho que sea un guerrero? — ¿Tus habilidades te preceden? Aún dormido, me obligaste a luchar hasta el cansancio. Y ni hablar de la chica que te trajo. Todavía está encamada. — ¿Luchar? — acomodándose su regado cabello, notó que la mujer estaba empapada en sudor — Por cierto ¿dónde estamos? — Esta es la aldea de los Scramasax. Por cien años hemos sido la única aldea que ha sobrevivido en las tierras del señor oscuro Baal. — ¿Puedo hablar con quién esté a cargo? — Lo estás haciendo. Me llamo Bethy Igna, soy la líder de esta aldea ¿Quién eres? Nunca había conocido a alguien que usara tan bien esa espada tan grande. Por lo general los de armas grandes son de lentos y toscos movimientos. Pero la armonía que logras en tu estilo es única. Envuelto en tantas dudas, solo le quedó responder: — Me llamo Tobi. Lady Bethy se acicaló un poco el cabello. Gruesas gotas de sudor aún bajaban por sus suculentos bustos. Su vestido blanco parecía demasiado limpio para cubrir tal sudada piel, seguro que se había cambiado hacía poco. — Dice usted que luchó contra mí. Debo disculparme; mi entrenamiento fue tan arduo que puedo usar la espada hasta dormido ¿Hay buenas guerreras en este lugar? Para detenerme no debe haber bastado solo usted. La mujer refunfuñó en tono arrogante: — ¿Crees que no me bastaría contra un mocoso como tú? ¿Cuántos años tienes, veinte? — Veintitrés, pero no se ofenda. No era esa mi intención. Si usted sola me hubiese contenido, me vería en la obligación de pedirle matrimonio. Comencé este viaje tras una mujer capaz de detener mis impulsos de guerrero salvaje. No quiero repetir viejas tragedias. Necesito a la mejor de las guerreras, cuando la encuentre de seguro que me casaré. Bethy le dio la espalda y avanzó hasta la puerta. — Te mostraré nuestro pueblo. Sígueme. Pequeñas casas que no sobresalían más de dos y medio metros por encima de la tierra, la gruesa empalizada que hacía de muralla, era una aldea pequeña, pero parecía segura. Una fuente de mármol al centro, las mozas con sus vestidos más ligeras tendiendo ropa en los techos. Todo un paraíso para la vista. — ¿No hay hombres en este lugar? — Hace dos meses fueron a cazar alces. El invierno se acerca y necesitamos toda la carne que puedan conseguir. — Con razón no estoy amarrado a un árbol o peor. No sé por qué todos los hombres me odian una vez me conocen. Solo uso los dones que los dioses me otorgaron, nada más. La mujer no pudo evitar dejar ir una sonrisa. — Aguarda, no hay hombres… ¿Cómo se podrían defender si ese tal señor oscuro las ataca? — Hasta una joven sabe manejar las armas en este lugar. Somos guerreras natas. Nuestros hombres solo usan pequeñas dagas. Cada mujer de este pueblo se basta para contener hasta dos caballeros de Lord Baal. Tobi se carcajeó. Echándole la mano a su gran espada susurró con tono desafiante: — Eso habría que verlo para creerlo. Tres horas más pasaron. El grupo de jinetes llegó al pueblo. Frente a las casas, en la fuente, recostadas contra la empalizada; todas las mujeres del pueblo estaban inertes. Con las ropas hechas trizas, o con la piel al aire, no quedaba una sola en pie. Más de una vez, el quinteto de jinetes había embestido contra el pueblo. Aquellas eran luchadoras espléndidas, no cabía la menor duda. Por algo habían sobrevivido por cien años en la región. Asustados, dejaron caer sus yelmos y corrieron hacia cierta casa. Sabían que allí debía estar la guerrera más consagrada del lugar. Oculta tras la puerta, una marea de cabellos rubios se les lanzó encima. Aruñazos, golpes con manos y pies, lo que le hubiera sucedido, parecía estar demasiado asustada si quiera para hablar. Entre dos lograron contenerla. Apenas le cubría el cuerpo algunos pedazos de tela. No era nadie más que Bethy, la famosa torcedora de lanzas. — ¿Qué sucede mujer? ¿Qué ha pasado aquí? Tartamudeando y entre jadeos de fatiga, Bethy apenas logró articular algunas palabras. — Es… es… un… monstruo. No hay espadachín que lo supere. Ese día, una leyenda nació en las tierras del señor oscuro Baal. Un espadachín enviado por los mismos dioses estaba en el mundo. Ante su espada, nada podría perdurar por mucho tiempo. Por única vez en siglos, las esposas de los seis señores oscuros de Sectaria temblaron. La antigua pesadilla del espadachín negro estaba volviendo a comenzar. En una posada, rodeado de cervezas y mujeres, un chico de veintitrés años se relajaba. Las manos de las damas hacían que su cabello revoloteara de un lado a otro. Estaba más cubierto por aquellas manos que por su propia ropa. A su lado, se sentó un hombre mayor. De piel negra y vestido con una chaqueta púrpura y largo pantalón, se le acercó un poco. — He escuchado muchos rumores de tu viaje a Sectaria ¿Quién iba a imaginar que mi aprendiz lograría tantas cosas? Sonriendo, acomodó la cabeza entre los bustos de la famosa Rory, la reina de los bares. — No fue nada del otro mundo maestro. Ni la lady de un señor oscuro puede contener mi espada. Si lo piensas un poco es hasta aburrido que no haya mujer alguna que me complazca, quizás debería probar con la próxima categoría. — Entonces ¿no la envainarás? Casi todos se rinden ante las mujeres de los señores oscuros. Hasta la mejor de las espadas pierde su temple entre tales manos. Después de todo, son rivales dignas de los propios hijos del demonio. — ¿Bromeas? Esta vez solo fue para probar esta gran arma con la que me bendijeron los dioses. Sea en el bando que sea, mi viaje de espadachín solo acaba de empezar.
Era como estar viviéndolo en carne propia. Excepto uno, ninguno de los que veían aquella grabación pudo evitar erizarse de pies a cabeza. En el monitor, la el asesinato de Keith avanzaba segundo a segundo. Nada había aparecido aún en pantalla, solo una calle oscura y vacía. No aparentaba ser si quiera una escena interesante, pero cierta tensión no salía de los ojos de todos. De pronto, una sombra apareció en pantalla. La niebla y la oscuridad dificultaban el trabajo de identificación; pero, con el avance de la reproducción, quedaron expuestos cada vez más detalles. Aquellos rizos colgando hasta la espalda, la chaqueta de cuero de tono ambarino, los tacones dorados opacados por la humedad, sin dudas eran las características descritas en el informe del agente que había encontrado el cuerpo de Keith Narumi. Sobre su silla y esposado a la mesa principal de la habitación, el que se hacía llamar Rao sonrió. Solo había una potente lámpara en aquella especie de cuarto. Teniéndola contra la cara, contemplar el video con detalle se le hacía complicado, pero se notaba su esfuerzo para concentrarse en el monitor. Según veía a la mujer del video correr, comenzó a sonreír bajando la cabeza. Las hirsutas cejas de Francis no lograron ocultar más la ira. De un golpe en la mesa se robó la atención de Rao. — ¡Tú la mataste maldito! El oficial Nano, que permanecía al lado de Rao, trató de contenerlo por la fuerza. Agarrándole las dos manos lo detuvo por un instante. Una voz salió desde el fondo de la habitación. — No pierdas la calma Francis, después de hoy terminaremos esta leyenda urbana. Hacerle sentir el peso de la ley es lo mejor que podemos hacer para que Homs y los demás descansen en paz. Francis se relajó un poco. Cuando vio que el policía lo soltaba, se pasó un estrujado pañuelo por los ojos y se alejó tres pasos a la izquierda. En el video, la rubia se detuvo y boletó atrás la mirada. Sin duda parecía sofocada por la presión. En un momento quedó paralizada por completo. Rao comenzó a gesticular con sus manos. Las cerraba y las abría como si exprimiera algo entre ellas. Seguido, comenzó a moverlas como si le arrancara la cáscara a alguna fruta. Keith entabló a moverse otra vez. Ahora alzaba sus manos adelante como si le indicara a alguien que no se acercara. La vista de Francis se desvió un poco hacia Rao, lo que vio lo hizo aterrorizarse. Con los ojos más fijos que nunca en el monitor, el hombre se lamió los labios. Aquella molesta sonrisa no podía la de un humano. Una persona encapuchada apareció en escena. Vestía un abrigo negro, pantaloncillos hasta las rodillas. Sin ninguna clase de arma no aparentaba ser de temer. Aún así Keith retrocedía paso tras paso. — ¿Con que un callejón sin salida? ¿eh? Vaya mujer con tan poca suerte — susurró una joven como de veinticinco. Francis la fulminó con la mirada. — Érica, tú y tus comentarios. No te hagas la dura — la gruesa voz desde el fondo de la habitación volvió a interceder. La chica se acomodó el corto cabello negro hacia atrás. Apuntando la cara hacia el final de la habitación, señaló a Rao con el rabillo del ojo izquierdo. — Lo siento papá, pero no soy como ustedes. No puedo dejar que un hijo de su madre como este vea mi lado flojo. Los de su clase solo saben disfrutar eso. — Que niña más inteligente — respondió Rao. Desde que había sido capturado no había dicho ni una palabra, así que todos se sorprendieron al escucharlo — Me pregunto ¿cuál será tu verdadera cara? La joven tomó a Rao por el pelo. Tener aquel cabello enmarañado y pegajoso entre los dedos le generaba un asco insoportable. Con toda su fuerza, estrelló la cara de Rao contra la mesa. — Así es como hay que ser con los de su calaña. El hombre comenzó a reír como si estuviera demente. Érica le haló el pelo una vez más. — ¿De qué te ríes imbécil? Con una media sonrisa aún, dirigió sus ojos contra los de la chica y le susurró: — Eres de las que miran directo a los ojos, me gusta eso — se lamió los labios y ocultó su sonrisa — Mira el video con mucho cuidado, esta será la mejor parte. Sorprendida, se separó con rapidez del tal Rao. La chica avanzó hasta el final de la habitación y abrió la puerta. — ¿Qué sucede hija? — preguntó un hombre que estaba recostado al lado de la puerta. — Solo voy a lavarme las manos, capaz que tenga hasta piojos. Cerrando la puerta, se recostó a la pared y se deslizó hasta quedar sentada en el piso. La mano lo le dejaba de temblar. — ¿Quién es ese? ¿Un animal…? Lo que sea, no hay ningún humano que ponga esa clase de mirada. De vuelta en la habitación, el video fue puesto a andar otra vez. — Está demorando un poco o es idea mía. — Homs, Homs… tan impaciente como siempre, los años no te han enseñado paciencia. Adelántalo si prefieres. — Bastará con un par de minutos. Hasta ahora no ha sucedido nada. El hombre tomó el control remoto. Se apoyó en la silla de Rao. — Veamos si fuiste en verdad tú el bastardo que se llevó a mi molesto primo. Dos flechas aparecieron en la esquina superior del monitor. Luego aparecieron cuatro. Algo sucedió que hizo que el oficial Homs detuviera la grabación. Sin saber cómo, en la escena que había quedado detenida, el encapuchado estaba escarranchado sobre Keith. Sujetándola por las manos, no la dejaba levantarse del suelo. Rao comenzó a jadear con locura, parecía como si estuviera excitándose. — Es un asqueroso — murmuró Érica desde la puerta y volteó la mirada. El encapuchado sacó una navaja y la puso al cuello de la mujer. La cámara comenzó a acercarse. — ¿No era una cámara de seguridad? — preguntó Francis. — Me recuerdas a Marcos con esa pregunta. Él siempre resumía las ideas. — Quizás solo sea alguna clase de soporte. — O un camarógrafo aficionado — murmuró Rao con voz temblorosa. Francis y Érica enterraron sus ojos en él como flechas. Con un extraño acento oriental, una mujer de ojos achinados y de pequeño tamaño habló desde delante de su laptop. — Fue gravado a propósito. Jamás habíamos tenido tal evidencia. Lo descargué de una página en un servidor extranjero, pero sin dudas esa es la “Calle 5ta”. No podemos asegurar que lo haya gravado otra persona, quizás solo usó alguna clase de soporte. Solo Érica y Francis escucharon esto. Después de reproducir lo escuchado el padre de Érica se paró de su asiento. — Eso es lo que Ura-chan hubiera dicho ¿No? No estuve tanto tiempo en este equipo, pero al menos pude conocerlos. — ¡Ura-chan! Tus increíbles deducciones me fascinan. — No empieces Marcos. Ah, trabajar con un Japón-maniaco es duro cuando eres una chica japonesa. Aunque los últimos dos diálogos solo sucedieron en la mente de Érica, parecía como si lo estuviera viviendo. Tras una lágrima, sonrió. — Los voy a vengar, lo prometo. Otra escena comenzó en el video. Ahora la cámara mostraba la escena desde una corta distancia. El encapuchado comenzó a buscar algo entre las piernas de Keith. Bajo aquella capucha solo quedó visible una asquerosa sonrisa. Con la navaja al cuello, no había mucho que la mujer pudiera hacer. Rao no paraba de resoplar. — Esta es la mejor parte — susurró en éxtasis. Francis y Érica trataron de ignorar lo escuchado. Aunque atacaban al prisionero con cada mirada, parecían esforzarse hasta sus límites para guardar la compostura. Los labios del encapuchado comenzaron a gesticular alguna que otra palabra, pero era imposible tratar de adivinar lo que decía por el video. Como si tuviera martillos en los puños, bombardeó la cara de Keith hasta dejarla irreconocible. Una carcajada estalló al instante en la habitación. — ¡Una obra de arte! ¡La más sublime de todas ellas está por hacerse! El sonido de un impacto sordo puso fin al alboroto. — Hijo de perra… — susurró Érica desde detrás de Rao. — Ahora habrá que esperar que despierte. Hija tienes que controlar tus emociones un poco más. El hombre sentado al final de la habitación se incorporó. Al confirmar que Rao estaba inconsciente, suspiró. — ¿Cómo puedes estar tan tranquilo ante un psicópata como este? Aunque no sepamos si fue el asesino, no se puede devolver a alguien así a la sociedad. — Yo soy Tomas Erasmus, un detective privado, no un matón — puso pausa al video — Cuando despierte continuaremos. Por ahora tomemos un descanso. — En primera, ni idea sobre cuál es tu objetivo con esto papá — gruñó Érica — Ese tipo parece haber visto ese video mil veces, sin dudas tiene algo que ver. — O quizás estuvo allí en el momento en el que fue gravado — la interrumpió. — ¿Y cómo rayos vas a saber eso solo mostrándole el video? Hasta ahora lo único que has logrado es atormentarnos más a todos. Mientras se dirigían hacia la cafetería de la estación, el viejo detective se apoyó en el hombro de la chica. — Hija, tienes que dejarlos ir. Ya murieron, gracias a sus sacrificios es que hoy tenemos tanta evidencia sobre este caso. Érica se salió de debajo de la mano de su padre en un santiamén. — Puede que estén vivos aún, sus cuerpos no han aparecido. No voy a detenerme hasta encontrarlos. El hombre aceleró el paso y le cortó el camino. — Estamos haciendo lo que podemos. Eres una detective, no una maga. Ya los ojos de la chica estaban un tanto húmedos. — ¿Siete años y regresas dando consejos como un buen padre? Voy a hurgar en este fango apestoso y voy a terminar con los asesinatos de la calle 5ta. La noche avanzó un poco. — Ochenta kilómetros cuadrados de puro suburbio ¡¿A quién rayos se le ocurrió llamarle calle 5ta?! Tras un sorbo de su copa, Tomas se echó hacia atrás. — Mira que tener que pedirle ayuda la policía suiza. Este caso se nos ha ido de las manos — respondió el oficial Homs que sorbía de una taza de café. Homs se pasó la mano por su abombada panza. — Homs Mart ¿Recuerdas los buenos tiempos? Un asesinato, conseguías una huella, tomabas al asesino — espiró decaído — ¡No hay una sola evidencia más que un video de baja calidad y más de cien cuerpos semidesollados! Lejos es el caso más difícil que he vivido. — Ser profesional debe ser muy difícil ¿Cómo puede tomárselo tan a la ligera? — argumentó Francis. — Oye chico, mi esposa fue asesinada hace veinte años, todos prefirieron que mi hija se fuera a vivir con su tía por mis problemas financieros ¿Y sabes qué sucedió con el asesino de mi esposa? — el muchacho negó con la cabeza — Nada, nadie ha dado con él aún. Si pedí entrar en este caso fue para cuidar a mi niña, no quiero perderla. Así que no me juzgues si actúo con calma, solo quiero hacer las cosas bien. — ¡Apareció! ¡Apareció! Tras ellos, los gritos removieron la estación. Tras la orden del oficial Homs, Nano, el conserje, prendió el televisor. — Hace unos minutos el cuerpo de la informática Urahaka Hoshima fue hallado ceca del límite Norte del barrio bajo conocido como Calle 5ta. Rao el desollador cobra otra víctima más ¿Podrán atra...? Érica desconectó el televisor. — Claro que lo vamos a atrapar. Despierten a ese imbécil. Todos guardaron silencio al ver a la chica tan alterada. Desde afuera del cuarto de interrogatorio se escuchaban gritos. — ¡Otra obra de arte! ¡Un genio absoluto! De una patada, Érica abrió la puerta. Tomó al que se hacía llamar Rao por el pelo y derribó su silla hacia atrás. Apagó el televisor luego. — Al menos ya sabemos que él no es Rao. Érica golpeó la mesa con rabia. — ¿Cómo rayos lo encuentro? — Yo soy el asesino más grande de la historia, ni el afamado Jack me supera. Es algo bello, tomas un cuerpo, tiras de su piel pedazo a pedazo — giró el cuello y extendió la cabeza hacia atrás — Crear una cebra es mejor cuando la materia prima está viva aún. La sensación de la piel despegándose en tiras, el miedo en los ojos del cuerpo que elegiste… No hay nada mejor en este mundo. Homs se apresuró a sostener a Érica. — ¡Te voy a volar la cabeza! — ¡Hija! — gritó con fuerza Tomas — Creo que es mejor que vayas a tu casa, te comas una cena calentita y duermas un poco. — ¿Cómo voy a dormir papá? Hace ya 48 horas que están secuestrados y ahora aparece Ura-chan muerta, puedo salvar a Marcos, tengo que salvarlo a él al menos. — Así no vas a lograr nada hija mía. — Pero... — ¡Quedas retirada del caso hasta nuevo aviso! La respiración se le cortó. Se mordió los labios con rabia. — Es una orden. Salió a toda velocidad haciendo que la puerta tronara. Thomas Erasmus se acercó a Rao y le preguntó: — ¿Quién eres, hijo? No hay documentos sobre ti, no existes en este país ¿Eres extranjero? ¿Quién es Rao? — En este mundo hay dos clases de humanos, ovejas y lobos. Rao el desollador es una oveja vestida con cuero de lobo, pero yo... yo soy una simple pulga, una que se alimenta de la sangre de todos sin lastimarlos de gravedad. Solo deseo sobrevivir a costa de quién sea, no me importa, pero solo deseo sobrevivir. — Estás implicado en un caso demasiado complejo como para asegurarte que sobrevivas si quiera. ¿Has escuchado sobre la pena capital? — Claro que lo he hecho — respondió súbitamente. Thomas se sorprendió. — ¿Entonces, por qué…? Solo estás jugándote esa vida que dices que deseas conservar. Rao sonrió. Redoblados toques en la puerta comenzaron a sonar de manera apresurada. — Encontramos su identidad. Homs le entregó un papel a Thomas. — Danés, Canuto Den Store ¿Cómo el famoso rey? — hizo una pausa — Bien Canuto ¿acaso no te das cuenta de que vas a morir? El reo aspiró mucho aire. — Que importa si muero, señor. — Pero me dijiste hace un segundo que querías vivir. — Pero ¿qué significa una vida sin emoción? Para mí es lo mismo que la muerte. Deseo que mi alma palpite de emociones, deseo que cada día me estremezca, y lo único que lo ha conseguido hasta ahora es Rao. Su arte pura, sus pinceladas con el acero, orígenes, final. Su arte es un revuelo por lo que somos en verdad, solo un tumulto de bestias con ego. — Volvemos entonces a mi pregunta ¿Quién ese tipo, Rao? Dos timbres de teléfono obligaron a Homs a contestar. — Rao no es “él”. — Señor — dijo Homs al escuchar lo que le acababan de decir por teléfono — El auto de su hija, mejor dicho… — Rao es la parca, es el lado que todos quieren esconder, es un dios de la muerte… uno que elige a sus víctimas con cuidado. La puerta fue cerrada con fuerza. Homs corrió tras Thomas a toda velocidad. — ¡¿Dónde está mi hija?! Ante el automóvil vacío, Thomas retrocedió un poco. — Érica… Parecía como si quisiera llorar, pero nada aparecía desde sus ojos. — No puede haberle sucedido nada, Francis iba con ella — el grueso oficial Homs secó un poco su sudada frente — Un oficial escuchó unos ruidos y cuando llegó no había nadie. El conserje apareció tras los dos. — Me mandaron a buscarlos con urgencia desde el cuarto de interrogatorios. — Canuto nos dio una pista — dijo un oficial al verlos llegar. Ante una computadora, Canuto abrió una página web. Una interminable lista de videos mostraba cada uno de los asesinatos de Rao. Al ver a Thomas, bajó por la lista e hizo doble clic en el video más reciente. — Esta es la última obra, fue subida hace diez minutos. En una silla, con las manos atadas con cadenas, Francis estaba sentado. En su mirada era fácilmente perceptible el miedo. El puño de Thomas se hundió en la pantalla. — ¡¿Solo quieres la emoción del reto?! — entre chispas del monitor roto, Thomas se acercó a Homs — Ya comprendo, avisa al juez, este imbécil es culpable. Al siguiente día, un viejo juez puso fin al juicio de Canuto con dos golpes de su mazo. — Una testigo visual y su cara en uno de los videos es más que suficiente Thomas — susurró el viejo jurista — Si no te conociera diría que es evidencia falsa. ¿Cómo diste con eso cuando nadie pudo antes? Los músculos de Thomas se tensaron, pero se relajó luego. — La inyección letal es un buen final. Allí lo tenían. Atado a una mesa, un doctor le puso una aguja en el brazo. — Adiós, Canuto — murmuró Thomas Erasmus desde el otro lado del vidrio. Como el enviado de la muerte, cierto líquido empezó a circular por las mangueras transparentes y entró al cuerpo de Canuto por la aguja. Primero una sonrisa, después su cuerpo comenzó a sacudirse. Después, tranquilidad, solo tranquilidad. A la salida de la penitenciaría, una ola de flashes y micrófonos esperaban a Thomas. — ¿Con esto el fenómeno “Rao” ha terminado señor? — ¿Cómo descubrió tan importante evidencia en cuestión de horas? — Muchos dicen que Canuto es solo una ola del gran océano ¿Es eso cierto? — ¿Qué sintió al saber que su hija fue asesinada por Rao? — ¿Cómo Rao mató a su hija si Canuto estaba preso? Thomas le arrancó el micrófono al periodista más cercano y rugió: — Rao no es un tipo, eso lo tengo más que claro. Escúchame bien claro Rao, voy a capturarlos a todos y a cada uno. El juego que empezaste contra la unidad de investigación de Érica Erasmus termina ahora, conmigo. A través de un chat privado, dos personas tecleaban a toda velocidad. La primera escribió: “Después de eso, pasaron seis meses completos. Recuerdo que una mañana desperté y tras preparar mi taza de café matutina, prendí la TV. Allí estaba mi…, no, nuestra mejor obra. La cebra de Thomas Erasmus. ¿Lo recuerdas Nano?” Tras enviar el sticker de un rostro lleno de satisfacción, el segundo respondió: “Como si fuera hoy mismo, mi querido compañero Homs”.

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