Astaroth

Cuentos (By Astaroth)

¿De dónde venía? Ahora que lo pensaba..., eso no importaba. Simplemente estaba allí, haciendo algo y a la vez nada, ¿Podía hacer acaso algo más? Probablemente hubo un momento en que, si pudo, en otro lugar y en otro tiempo, pero no ahora; entonces, no importaba de donde venía. Vagó solo, mucho tiempo, demasiado. Lo que nadie aguantaría en soledad, lo aguantó. ¿Razones?, ninguna, al menos en específico. Tan solo el pensamiento monótono de tener que dar un paso adelante, le daba fuerzas para proseguir su marcha infinita. Sintió entonces la frescura de la hierba. Como cualquier otra. Pero era la hierba de un mundo libre, puro. Parpadeó, y sus dedos acariciaron arbustos, rozaron cortezas frescas, tocaron flores silvestres. La primera fase, la primera que vio, la primera que no vio más nunca. ¿Era arena? Si, podía ver que lo era. Sentirlo, aunque esa palabra ya careciera de sentido para Alma. ¿Ese era su nombre? El destino había querido llamarlo así, Alma. No se opuso. Nunca lo hizo, hasta el día en que se atrevió a alzar la frente por encima de la barrera, y cayó en el hueco. Un sol abrasador le caía sobre la piel liza y gris. A su nariz llegaba el olor de agua fresca. Le era fácil saber dónde se encontraba, aunque eso le importara en lo más mínimo. Ya nada le importaba. Pero tenía grabado en la mente pensamientos tan monótonos, que tendría que cargar con ellos mientras aún tuviera sentidos que le permitieran seguir su monotonía. Pirámides observó. Eran grandes, eran tres. Las conocía bien. Y conocía su creador, o mejor dicho creadores. Sintió la piedra y recordó duro cuero sobre sus espaldas. El polvo de los escombros se alzó en sus ojos y recordó innumerables figuras arrastradas. Se cubrió con la sombra que proyectaban, y recordó la muerte cegando la vida de aquellos a quienes les tocaría vivir entre aquellas piedras, polvos y sombras, aún sin estar destinado a aquél descanso. Alma recordaba mucho, lo recordaba todo, y siempre maldijo recordar tanto. Vio dos ríos, una ciudad. Ya Alma andaba entre humanos, andaba entre muerte y vida, andaba en el infierno, y en el cielo. En aquellos tiempos, Alma tenía una vista diferente de éste mundo, aunque ya sus manos estaban manchadas de sangre que no era la suya. Era asesino y víctima a la vez. Su pelo no tenía canas. Pero ésta ciudad tenía una frase especial, algo que Alma tuvo que grabarse no solamente en la mente, sino en la piel. Ojo por ojo, diente por diente… Alma aún tenía cosas no monótonas en su mente infinita. Pero su piel tenía cicatrices. Ya conocía lo suficiente como para no dormir. Ya las estrellas no le parecían tan fascinantes, la noche ya no las sentía tan refrescantes, ni el día le parecía tan animador, ya todo tenía sus caras malas, y muchas no tenían caras buenas, ya Alma estaba perdiendo la sensación de vida. Alma contempló a personas con sombreros redondeados y de paja, campos sembrados de arroz en gran abundancia, bueyes arando campos fértiles, rl río Yantsé, personas con ojos como rayitas; pero eso a Alma no le sorprendía, el cambio en los seres humanos no podía ya ser tan brusco. Eso creía, pero ahora, se daba cuenta de cuán ingenuo fue, de cuán terrible fue su confianza, y su horrible error, se cobró en sangre. Y con ella, le vino un recuerdo funesto de éstas tierras. Una muralla, una larga y ancha muralla. Protegería vidas, pero esas vidas eran insignificantes comparadas con las cuales habían muerto levantando esas piedras, anchando la muralla, alargando la muralla. Después de ver esos cuerpos sepultados, las caras pálidas y suplicantes siendo enterradas debajo de la Gran Muralla, después de ver tal infierno erigido por el hombre, nunca más sintió dolor o resentimiento, al ver la sangre de una masacre. Pasó mucho tiempo, tal vez, demasiado, pero el tiempo no mira hacia atrás, nunca; a veces Alma prefería que así fuera, prefería no mirar el pasado, aunque el presente le torturara y el futuro lo desconociera. Le hubiera gustado escapar, pero no podía. Estaba atado al destino del mundo. Si la Tierra moría, el moría. Pero nunca se llegó a imaginar, que sus propios habitantes, tuvieran el poder de arrasarla. Aprendió la lección, con un gran sacrificio. Un gran precio pagó Alma por ser ingenuo, ignorante. Los humanos la enseñaron, en ves de él a ellos. ¿Qué le enseñaron precisamente? Matar. Cuánto no odió esa palabra. Por esa palabra, ese principio venido de la mente humana, Alma sufrió como nadie en el mundo, vio Cruzadas, hermanos matándose entre ellos por la diferencia de religión, vio la peste negra arrasar a sus hijos, vio la gripe española llevar a la tumba a tantos hijos. Los métodos de curación, mataron casi más que la misma enfermedad. Sobrevivió, es verdad, pero dejó atrás, millones de hijos. Había un paisaje que Alma nunca olvidaría. Tenía muchos que recordaría siempre. Pero éste lo tenía bien grabado. Alma vio frente a sus ojos, el infierno en la tierra. ¿Cómo era? Alma se vio atrapado por nubes radioactivas. Sintió el fuego atómico sobre la carne. Se paralizó sobre la superficie, atrapado entre ojivas nucleares. Nunca olvidaría el nuevo límite que la humanidad había roto. Sufría pesadillas al recordar parajes carbonizados. Ojos vacíos, lanzados al sepulcro, no siempre uno solo en un mismo sitio. Alma lloró mucho ese día, frente a ese paraje. Quedó devastado. La Primera y la Segunda Guerra Mundial le hicieron temblar el pulso. Pero aquella vez, Alma no pudo resistir. Ya la humanidad era demasiada cruel. Alma se arrodilló aquél día, frente a aquellas dos tumbas, Nagasaki e Hiroshima. El pasado, tenebroso, horrible. El presente, doloroso, angustioso. El futuro, indescriptible. Alma ya no lloraba. Veía matarse humanos entre ellos. Ya Alma no le importaba. Dios estaría llorando en su trono al ver la Tierra en lo que se convirtió. ¿Cielo e infierno? Poco le importaba a Alma en cuál acabaría. Sabía que no tenía perdón de Dios, pero no creía tener un lugar tampoco en el Infierno. Permanecería en la Tierra, atrapado, entre ríos, no precisamente de agua, entre montañas, no precisamente de tierra, entre criaturas, no precisamente humanas, entre vidas, no precisamente vivas. Alma lo vio. Cuánta inocencia. Cuánta inocencia encerraba aquella criatura. Era un bebé. Sonreía ante las caricias de su madre. Miraba con curiosidad la cara de su padre. Ambos salieron, y entró Alma. Sus dedos rozaron una piel suave, limpia, pura. Se topó con una mirada curiosa. Para Alma, la curiosidad había conducido a muerte. El bebé jugueteó con los dedos de Alma. Para él, los humanos usaron juguetes mortales. Entonces Alma le sonrió a la criatura, y ésta le devolvió la sonrisa. Alma no podía quebrar el futuro de aquel ser. Tanta inocencia, pureza, no tenía la culpa del pasado que cargaba Alma, del presente que sufría y del futuro que lo atormentaba. El bebé le miró entonces fijamente, con esperanza de juguetear más con aquél ser. Tal vez…si habría esperanza después de todo. El humano vive al bordo del abismo, algunas veces acercándose a él, otras alejándose. Pero nunca lo suficiente. Por aquél ser, libre de la culpa de sus antepasados, libre del pasado, libre del presente que vivía, y a lo mejor también libre del futuro. Por cosas así, por humanos así como aquél…tal vez…a lo mejor…si valía la pena averiguar, de dónde venía Alma.
Uno se hace muchas preguntas. ¿Cuántas a lo largo de una vida? Y he ahí la primera pregunta. ¿Cuánto es una vida? ¿Cuánto tiempo debe pasar para considerarse una vida? Preguntas así, que sonarían raras inclusive para el chico que uno más considere ¨salido de lo normal¨, eran las que se hacía Alma. ¿Y por qué? Pues porque tenía el tiempo suficiente como para preguntarse cosas así. Si uno dispone de tiempo, no importa lo que tenga que hacer, lo podrá hacer bien y llevarlo hasta el final. Pero… ¿qué pasa si uno no tiene nada que hacer? Entonces… ¿para qué le serviría el tiempo? Y preguntas así, que no tienen nada de raras pese a lo que uno piense, eran las que se hacía Alma. Tiempo. Tiempo. Seis letras. Tres vocales y tres consonantes. No, Alma no es un profesor de español. Es solo que para él (o bien ella, da igual), esa pequeña palabra encerraba mucho significado. Y no el significado que viene en el diccionario. Eso es un significado humano. ¿Pero quién dice que sea el correcto? Alma les preguntó eso a muchas personas en sus sueños, en un estado subconsciente. Pero al final, muchas, cansadas o aburridas de pensar en eso, daban respuestas vacías. Y Alma comprendía entonces que sus cabezas estaban vacías también. ¿Pero qué más podía pedir? Un humano nunca comprenderá el verdadero significado del tiempo, puesto que no tiene suficiente. La vida humana es muy corta, comparada con la de… ¿qué? Sí, hay muchas cosas con las que comparar, pero el tiempo de una vida humana, pensaba Alma, solo puede compararse con algo igual de valioso. Y entonces, el ser inmortal volvía a caer en preguntas sin respuestas. ¿Cuán valiosa es una vida humana, y qué es tan valiosa como ella? Preguntas que Alma le había formulado a personas de la misma forma que las otras veces y obtenía, por supuesto, respuestas humanas. ¿Pero qué más se les puede pedir a los humanos? Alma valoraba mucho la vida humana, y la valoraba en toda su extensión, pero consideraba que los humanos no tenían derecho a responder esa pregunta. ¿Por qué, se preguntan? Pues porque si una especie mata a sus propios individuos, por las razones en que este planeta se había sumergido en conflictos de millones de víctimas, entonces esa especie no tiene el derecho de decidir cuán valiosa es su vida si ni si siquiera es capaz de vivirla en su totalidad. Esta vez, Alma se hallaba en un extraño lugar. Alrededor suyo pasaban hilos luminosos, sin poder verse desde donde venían y hacia donde iban. Eran millones de hilos por todo aquel espacio. Si se te acercabas y tocabas uno, podías visualizar entonces en tu mente lo que contenía. Los recuerdos de una vida. ¿Las vidas de quiénes? Alma tocó muchos hilos más, mientras en su mente pasaban como en una secuencia, las imágenes. Y notó que los recuerdos eran de todos los seres vivos que poblaban al planeta. Cada hilo luminoso era una vida, que transportaba imágenes en las cuales se encerraban sus recuerdos. A fin de cuentas, perder tus recuerdos es equiparable a perder esa vida. Sin ellos, eres como una cáscara vacía. Y eran cientos de millones de hilos. En ese instante, los hilos se apartaron formando un pequeño sendero, por el cual vino alguien. Alma no se asombró de su imagen. Tenía, al igual que él, una forma ¨humana¨. Tenía un cabello larguísimo que llegaba hasta sus pies. En su piel se veían reflejadas mil formas diferentes, que cambiaban de aspecto a cada segundo. Tenía un rostro que parecía esculpido en mármol. Ante cada simple gesto que hacía, parecía que algo enorme tomaba forma, que nacía y que acababa. Cada forma que en su piel se reflejaba dejaba una sensación diferente, que se esparcía por todo aquel infinito en todas las formas posibles, como luz, como un olor, como un sabor, como un color, como un rayo, como un trueno, como una onda, como una sensación… Era una visión en la cual chocaba las cosas opuestas, saliendo del choque, cosas nuevas. Toda esta imagen, bien podía pensar uno que eclipsara a Alma. Pero no es así. ¿Por qué? Para los humanos, muchas veces lo que es más grande es más fuerte, lo que es más luminoso es más bello, lo que es más hondo es más oscuro, lo que es más lejos es más desgastante, pero esas cosas no tenían cabida en esta situación. Este ser no podía, pese a su magnificencia, opacar a Alma, porque en la balanza, ambos tenían igual peso. En un costado estaba él, Alma, y en el otro, estaba ella, Tiempo.

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