Nohemy

Cuentos (By Nohemy)

El reloj de pared marca las 4:00 PM. Miro hacia la puerta que se abre de par en par dejando atrás el sonido armónico de la campanilla. Como cada viernes llega puntual. Luego de un saludo discreto deposita los libros que había pedido la vez anterior y me tiende un listado con alguno nuevo. Esta vez anda en busca de uno que fue muy popular hace más de siete siglos atrás. Siempre me ha llamado la atención su gusto particular por la literatura. Le indico la estantería donde se encuentra lo que busca y la miro caminar hasta que llega a su destino. Es impresionante la forma en que su pelo largo y oscuro se asemeja a un péndulo haciendo suin al andar. Sube dos peldaños de las pequeñas escaleras. Agarra el viejo y polvoriento libro. Lo huele. No sé por qué siempre los huele. Regresa a mí. Recoge sus cosas y luego de un gesto de cabeza a modo de despedida se vuelve a marchar hasta el próximo viernes. Miro el reloj. 4:10 PM. Diez minutos. Solo diez minutos a la semana. 1720 minutos equivalen a 28.67 horas, un día y cinco horas aproximadamente. Ese es el tiempo que ha visitado esta librería en tres años y siete meses. Llevo el tiempo bien calculado. Todo está en mi mente. Como mismo están los miles de libros que decoran esta habitación, con sus autores de nombres rebuscados y de difícil pronunciación. No sé por qué todos esos datos se anidan con facilidad en mi cabeza. Nunca me he visto en la obligación de anotar los pedidos de los clientes, y si falta algún libro me doy cuenta enseguida. ¿Será esta alguna capacidad especial con la que nací...? Nacer...la palabra suena extraña en mi mente. Es curioso el hecho de que no recuerde a mi familia... ¿alguna vez tuve una? Esa pregunta creo habérmela hecho antes. O no. Recuerdo. Recuerdo 4378 libros...Coelho, Bukowski, Poe, Dumas, McCaffrey, Burgess, Gibson..... El quiosquero del frente peleando con sus clientes habituales que le refutan el estado del pan. Los autos que pasan a diario (hoy fueron 632 hacia la derecha, 441 hacia la izquierda, 58% eran rojos) La cantidad de ladridos del perro de mi vecino. La chica de pelo largo y negro. El pequeño pliegue que adorna su mejilla cuando sonríe levemente. Recordarla me causa sensación de paz y dejo de pensar. 6:00PM. Hora de cerrar. El tiempo pasa rápido. Me acerco a las ventanas de cristal y las programo para que se tornen oscuras desde el exterior. Ya nadie afuera puede verme. Es el momento de volverme invisible. El momento donde no existo. Aunque yo si los puedo ver a través del cristal. El vecino sacó a pasear al perro y el quiosquero del frente también está cerrando su local. Prendo el cartel de cerrado que alumbra en rojo. Echo un último vistazo a la calle y me vuelvo hacia el buró. Un golpe seco en el cristal llama mi atención y mi mirada se desvía rápidamente hacia el sonido. Afuera está ella con las manos apoyadas en la puerta. Me acerco hasta quedar frente a frente. Solo nos separa la densa capa de cristal. Ella no puede verme. Yo sí a ella. Me detuve a observarla atentamente. Sigue apoyando ambas manos contra la puerta. Sus cejas enarcadas se ven chistosas, delatan el esfuerzo en vano que hace para ver el interior de la tienda. El cartel de cerrado en rojo le ilumina la cara. Puedo notar su respiración agitada y que en una de sus manos sostiene con fuerza el libro que hace unas horas había pedido. ¿Es que acaso ya lo leyó y viene a entregarlo? No. Imposible. Nadie sería capaz de leer tan rápido. Suelta un suspiro y se marcha por donde vino. --¡Espera! Se voltea y me mira a los ojos. Siento petrificarme. ¿Por qué razón salí de la tienda? ¿Por qué la llamé? La cabeza comienza a dolerme. Un pitido ensordece mis oídos y martilla mis sienes. Y una sensación de vértigo me recorre el cuerpo con cada paso que doy hasta llegar a su lado. Su mirada es una mezcla de confusión y miedo. No sé por qué me mira así. Me dice que se supone que no debo salir de la tienda. No sé qué significa eso. Inesperadamente sale corriendo y la sigo en busca de una respuesta. Luego de pocas cuadras recorridas entra en una casa. Nunca hubiera imaginado que vivía tan cerca de mi tienda. Desde afuera la vi por la ventana. Un niño regordete y malcriado protestaba porque ella no le trajo el libro que pidió. Mientras la obligaba a leer, se entretiene lanzándole cuanto objeto tiene delante que haga función de proyectil. Entonces ahí lo entiendo todo. La chica no es una chica. Al menos no una de carne y huesos. Cada vez los hacen más parecidos a nosotros los humanos. Nosotros... ¿nosotros...? El ruido en mi cabeza aumenta considerablemente. Volteo contrariado hacia la calle. Y siento cómo un estruendo me golpea. Tendido en el suelo analizo mi situación: posiblemente un camión de carga fue el causante de que varias partes de mi cuerpo quedaran posicionadas en diferentes lugares del pavimento, como si de una obra de arte moderno se tratase. A pesar de eso no duele en lo absoluto. Quedo mirando fijamente el cielo que ya se torna estrellado. Olor a goma quemada. Humo. Luces rojas parpadeando. Sé que vendrán a por mí. Me colocarán en una camilla y repararán cada parte de mi estropeado cuerpo. Limpiarán mi memoria y tal vez ya no sea vendedor de libros en alguna tienda. En su lugar tendré que hacer de repartidor de comida rápida, o quiosquero, o alguien que pasee al perro del vecino. O quizás tenga que ir todos los viernes a las cuatro en punto a la librería más cercana, en busca de algún libro para mi dueño fastidioso que me pega y me maltrata. Antes de que todo se hiciera oscuro puedo oír el erase una vez de su historia. Su voz realmente es dulce. Lamento no habérselo dicho nunca en esos 1720 minutos en los que coincidimos. Pasado unos segundos todo se apagó. Ya no puedo recordar más. Como cada viernes a las cuatro en punto, voy en busca de algún libro interesante para mi dueño......
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